EL TOUR DEL AMOR

Francisco Díaz Klaassen

LA SITUACIÓN ERA MALA, qué digo mala, catastrófica, y se había extendido al mundo entero. La gente moría. La gente sufría. ¡Y yo me aburría! Mi pueblito, lindante con cascadas y florestas, estaba tan escondido entre los cerros que ni siquiera llegaba la muerte. O, si llegaba, llegaba sólo a cuentagotas: un muerto al mes, un muerto cada dos meses, un muerto cada tres; la nada misma en materia de muerte. Con lo que el invierno, sufrido por aquí y sufrido por allá, para nosotros fue más bien como cualquier otro. Lo pasamos (al igual que todos los años) encerrados y cubiertos de nieve. Menos treinta y siete grados llegó a hacer un día en el que se nos congelaron hasta las ventanas y las puertas y nadie pudo salir de su casa. O entrar. Un solo lobo aulló esa noche y no le contestaron ni los coyotes.    

     Por esos días yo trabajaba en tres bares del centro, cuatro si he de contar los favores que en esta profesión siempre se multiplican, y estaba convencido, qué digo, convencidísimo, de una cosa: en cualquier momento los lectores del mundo me descubrirían, a mí y a mis libros, y éstos se traducirían a decenas de idiomas. Yo dejaría de atender barras y me pondría en cambio a dar charlas y conferencias, y a hacer talleres de escritura para mujeres embarazadas y tipos duros que no bailaran. 

     La fantasía era bastante detallada. Seguía de esta manera: Eventualmente alguien compraría los derechos de una de mis novelas y haría una película a partir de ella. Me pedirían ayuda para adaptar el guion y yo lo escribiría teniendo en mente a Natalie Portman, que ganaría la Palma de Oro en Cannes. Nuestro romance fulminante, así como su posterior embarazo, me obligarían a mudarme a Los Ángeles. Para publicitar la película iría al programa de Oprah, en el que coquetearía con dos viejitas encantadoras. Todo el mundo me amaría. Hollywood descubriría mi talento actoral, me lloverían papeles en películas independientes. Pero qué cara más misteriosa tiene usted, me diría Werner Herzog. El único problema serían mis patitas cortas: después de algunos sonados fracasos la industria se daría cuenta de que sólo me podían usar en escenas en las que estuviera sentado; así que por lo general aparecería como un personaje secundario y muy menor que diría una o dos frases enigmáticas mientras la cámara me enfoca la cara misteriosa. Mi papel favorito sería el de un jugador de póker que queda paralítico después de que en unas Olimpíadas una jabalina perdida le atraviese la espalda. En la escena clave de la película, le diría al protagonista durante un primerísimo primer plano: «No hay que creer en la suerte, sino que crearla, amigo mío».

     Había otras fantasías, por supuesto, igual de detalladas. En una de ellas, tal vez la más recurrente, estoy muy viejo y vivo pobre pero dignamente en el sur de Chile, específicamente en Valdivia, una ciudad en la que llueve cerca de trescientos días al año y el olor del mundo se confunde con el de las cenizas. Vivo en la calle González Bustamante, casi al llegar a Bulnes, y tengo una vulcanización en el garaje de una minúscula casa con techos y portones de lata. Me siento todas las tardes frente a una mesa redonda de madera y espero junto a una botella de vino. La gente llega rodando sus neumáticos pinchados por la calle y yo les acerco un vaso después de hundir la rueda en un barril con agua sucia. A medida que voy parchando el agujero intercambiamos frases cortas sobre el garaje y lugares comunes sobre el tiempo. Ellos quizás fuman un cigarro. Yo tal vez apuro uno o dos tragos de vino. Cuando se marchan cierro el portón y entro en la casa. Prendo la estufa y me quedo viendo cómo el fuego consume los leños y los va partiendo en pedazos. Como en la cocina viendo las noticias en algún canal nacional. Me acuesto temprano escuchando la lluvia rebotar contra el techo. Los gatos pelearse en la calle. Un director danés, bisnieto de Victor Borge, graba un documental sobre mí para la televisión sueca. Un documental al que yo sólo accedo porque sigo enamorado de una finlandesa y de una noruega que nunca me dieron la pasada en mi juventud. Secretamente espero que vean el documental y me escriban.

     En una escena le muestro al danés cómo vivo, en una casucha con techos de lata desbordada de libros y con un refrigerador muy viejo en el que cuelgan estalactitas de hielo del techo del freezer. También le muestro mi colección de minidiscs, que escucho a diario. En otra escena aparecemos los dos emborrachándonos una noche con piscolas, que él nunca ha probado, escuchando un minidisc con una selección de las canciones eléctricas de Neil Young. Suena «On the Beach» y el director del documental pasa del metraje en el que estamos los dos haciendo salud con una piscola a otro en el que se van sucediendo tomas de Valdivia, imágenes quietas que el equipo de producción tomó durante los días de la grabación. Fotos del centro y de la playa, la arena negra y la lluvia que rebota contra la espuma.

     En otro momento de la cinta, el danés se sorprende al descubrir, en un estante repleto de VHS, uno de su bisabuelo.

     —¿Éstos todavía se pueden ver? —me pregunta.

   Yo le digo que sí y nos sentamos a mirar el VHS. El danés me cuenta que nunca llegó a conocer a su bisabuelo. Dice que habría dado cualquier cosa por conocerlo. Eso se puede ver en sus ojos, en cómo brillan cuando hablamos del gran Victor Borge mientras vemos el famoso sketch de la ópera. Entre risa y risa yo le pregunto si sabe cómo era su bisabuelo en privado. Le digo que durante años me lo he imaginado sentado a la mesa haciendo reír a sus nietos y bisnietos con sus morisquetas.

     —La verdad es que no lo sé —me dice con pesar.

     El director danés me explica que proviene de la rama familiar que se quedó en Europa a lo largo y después de la Segunda Guerra, y que no conoció nunca a nadie que hubiera conocido a Victor Borge. 

     El documental se va a negro y aparecemos en mi estudio, una pieza minúscula en la que hay un escritorio y un piso de madera y dos archivadores metálicos pintados de negro. Le muestro al director una pila de manuscritos que guardo en los archivadores, las novelas que he seguido escribiendo pero que no me he molestado en publicar. 

     —¿Por qué no lo hace? —me pregunta el danés mientras los va recogiendo y pasando las hojas a pesar de que no entiende una palabra de español.

     —Es que nadie las quiere —me encojo de hombros yo.

     La última escena del documental me muestra en la puerta de mi casucha despidiendo al equipo danés, algo emocionado, como una abuelita a la que vas a visitar y se queja todos los días de tu desorden y de tus hábitos, pero que después ya no quiere que te vayas. Llueve en Valdivia y se aleja la van del equipo danés, y el camarógrafo me filma a través de la ventana trasera. Yo sigo en la entrada, refugiado de la lluvia, moviendo una mano en el aire mientras la voz del director danés dice que seis meses después de esa entrevista me caí en la cocina y me golpeé la cabeza. Pasaron dos semanas antes de que alguien encontrara mi cuerpo. 

     Pero me estoy yendo por las ramas. Volvamos a la realidad. El virus del que hablaba antes llegó finalmente al pueblo. Alguien culpó a los estudiantes de traerlo. Otra persona dijo que habían sido las señoras que habían viajado al festival de quilting y patchwork de Rochester. Un tercero aseguró (mirándome a mí) que habían sido los mexicanos. Daba lo mismo. El virus había llegado y ahora sí que empezó a morir la gente. No sólo los viejos mugrosos y los pobres. Cerraron los colegios y las universidades. Cerraron los negocios. Y cerraron los bares. Pasaron varios meses y perdí mis tres trabajos. Y tuve que reacomodar algunas de mis fantasías.

     Quizás vaya siendo hora de echar mano a mis ahorros, pensé; pero en seguida recordé que yo no tenía ahorros. 

     Quizás pueda pedirle dinero prestado a alguien, pensé a continuación; pero nadie quiso prestarme nada.

     Quizás pueda conseguir otro trabajo, pensé entonces; pero yo sólo sabía servir alcohol. 

     En eso consistieron mis elucubraciones para sortear la crisis. Se me acabaron las ideas y después de las ideas se me acabó el dinero, y cuando se me acabó el dinero se me acabó también el contrato de arriendo, y cuando se me acabó el contrato de arriendo mi querido casero me puso de patitas en la calle.

     Yo le dije: —¡Pero Johnny…! A lo que él replicó: —¡Pero Francés…!

     Y eso fue todo. Éramos hombres de pocas palabras, Johnny y yo.

     A partir de ese día mis amigos se empezaron a hacer cargo de mí. Comía a merced de la caridad y bebía a merced de la caridad.

     El problema con la caridad es que le da a uno dos o tres cervezas al día, y yo estaba acostumbrado a tomar diez o doce. Sin contar los boulevardiers y ramazzottis, naturalmente.

     Le pedí más caridad a la caridad y noté que ésta empezaba a resentirse, a darme las cosas que pedía pero a hacerlo de mala gana.

     Cabía tomar una decisión. La tomé.

     Después de diez años, derrotado y —seamos sinceros aquí— algo más fofo, volví a Chile, a mi amada patria, donde siempre cabía la posibilidad de proclamar a los cuatro vientos que había triunfado en el extranjero pero echaba de menos mis raíces. 

     La cazuela de la mamá, los atardeceres santiaguinos, el poto chileno. 

     Pero antes de volver, una mujer.

     Llevaba varios años enamorado hasta las patas de esta mujer, y quería verla antes de partir para siempre. 

     Hubo un tiempo en el que me enamoraba hasta las patas varias veces al día.

     Pero en esa época de la que les hablo eso había disminuido radicalmente. Un año en la época de la que les hablo era excepcional si traía consigo dos o tres amores profundos.

     Con esta chiquilla llevábamos tres años hablando sin habernos conocido todavía en persona y yo ya la amaba. La amaba como sólo se puede amar a la gente que nunca ha tenido la oportunidad de gritarte en la calle a las dos de la mañana que te odia y que eres un hijo de puta y que ojalá te mueras solo, enfermo subnormal. 

     El plan era conocerla y luego despedirnos. Y entonces, ahora sí, partir para siempre, desandar el salto americano.

     A esta chiquilla casi la había conocido un año antes, durante algo que yo había denominado el tour del amor.

     El tour del amor, como casi todo lo que uno termina recordando en la vida, no había sido del todo planeado.

     Se acercaba el cumpleaños del hijo de un amigo. El hijo vivía en el otro extremo del país, y mi amigo tenía que ir en avión sí o sí. Te presto el auto por el fin de semana, me dijo, si me llevas al aeropuerto el jueves por la tarde y me pasas a buscar el lunes por la mañana.

     Como soy un gran amigo le dije que sí.

     Decidí aprovechar la coyuntura. Mal que mal, no todos los días se tiene un auto en esa región de pueblitos y ciudades enrevesadas entre bosques y cerros y cascadas.

     Llamé a la gente que tenía que llamar y me puse en camino.

     El tour del amor incluía tres paradas, una por noche: Binghamton-Kayla el jueves (una hora y media de viaje), Syracuse-Sarah el viernes (una hora y quince), y finalmente Buffalo-Catherine el sábado (casi tres horas). 

     Precisamente Buffalo-Catherine fue la única que no alcancé a ver en esa ocasión. El viaje a Binghamton-Kayla se alargó una segunda noche y pensé que a mi edad ya no estaba para esos trotes. 

     Quizás deba decir alguna cosa sobre las tres. 

     Syracuse-Sarah era una psicóloga infantil que fantaseaba continuamente con acostarse con mis amigos y guardaba en el celular fotos de todos ellos. 

     Binghamton-Kayla era una poeta que vivía en las afueras, en una casita sin electricidad en medio del bosque en la que siempre corría la llave del agua para que no se congelaran y explotaran las cañerías.

     De Buffalo-Catherine ni siquiera sabía su nombre real (pensaba que era Grace) ni mucho menos lo que hacía. Yo le llamaba la reina de las arañas porque a veces me mandaba fotos y videos en los que bichos de distintos tamaños subían y bajaban por sus brazos mientras ella les hablaba como le habla uno a los niños y a los viejos y a los retrasados mentales. 

     Y pasó un año y llegó algo parecido al fin del mundo y como decía llegó también el momento de irme para siempre de ese país. Pero oh, Buffalo-Catherine de mi corazón, oh, Buffalo-Catherine de la vida, oh, reina de las arañas. Cómo irme sin verte, quizás olerte, tal vez tocarte, en una de ésas robarte el champú. 

     Así fue cómo decidí hacer un segundo tour, el tour del adiós.

     Lamentablemente, este tour no iba a poder tener tantas paradas. Syracuse-Sarah ya no me hablaba. (Nunca creyó que ninguno de mis amigos quisiera hacer un trío con nosotros (y tenía razón: yo nunca les pregunté).) Binghamton-Kayla había viajado unos días antes a Los Ángeles, a casarse con un colombiano que importaba chocolate y al que iban a deportar porque por el virus no había podido renovar su visa. Para ese entonces también existía Boston-Shannon, una profesora universitaria de italiano medieval. Pero al igual que Binghamton-Kayla, estaba en el otro extremo del país, en su caso para pasar la cuarentena bajo el sol. 

     De esta forma, el tour del adiós se transformó en un concierto de despedida de una sola función. Algo así como los Beatles en el techo, pero ojalá no tan corto y sin el cierre abrupto. Y sin los Beatles. Guácala. 

     Me despedí de madrugada de la caridad, y vi a la caridad llorar. Y lloré yo también, pensando que nunca más le vería la cara.

     Me subí entonces al auto que acababa de arrendar usando una tarjeta de crédito que no pensaba pagar nunca, y enfilé hacia Buffalo, la ciudad de las cascadas y las fábricas oxidadas y los salones de pool en los que venden la cerveza más barata de Nueva York. 

     Buffalo-Catherine vivía en el barrio de los latinos, al lado de la salida a Canadá. Vivía con Sam, su mejor amiga, y Sam 2, un perro rescatado que tenía la piel tan fea y tan delgada que me recordó esas alfombras viejas que han ido perdiendo todo su color.

     Durante los primeros diez minutos descubrí que Buffalo-Catherine se llamaba Catherine y no Grace y que no estaba en las redes sociales y que vendía drogas. Hongos, anfetas y verde más que nada, me dijo. Ácido si me puedo conseguir. Cuando chica, Buffalo-Catherine había estudiado ballet y estuvo en una academia de actuación hasta los veinte años. Ahora tenía treinta y seis. 

     Nos sentamos en el porche de la entrada a fumar según lo que nos dictaba el ánimo. Ver a Buffalo-Catherine era como ver a una doctora en acción. O a un chamán. A ver, empecemos con algo para subirnos arriba de la pelota. A ver, ahora bajemos un poco, estamos muy acelerados, tú sobre todo. Toma un poco de agua. A ver, con ésta nos vamos a reír, démosle. 

     Ya no recuerdo de lo que hablamos con Buffalo-Catherine en ese porche. Quiero decir que de todo y de nada. Pero quiero decirlo porque no lo recuerdo. Yo ya estaba profundamente enamorado.

     Lo que sí recuerdo es que Buffalo-Catherine me dijo en algún punto que era una bruja. Ah, eres medio gruñona, ¿es eso?, le pregunté yo. No, no es eso, Francés. 

     A lo largo de la tarde y hasta entrada la noche fueron llegando varios de sus clientes. Buffalo-Catherine los hacía pasar y nos sentábamos todos en el living, a fumar y escuchar música mientras ella iba preparando los pedidos. Sam 2 se me echaba entre las piernas y aunque su piel me daba asco yo lo acariciaba y le daba palmaditas en la cabeza. 

     En un momento Buffalo-Catherine se metió en la cocina a prepararse otro vodka y la mejor amiga, Sam, me dijo: no seas pavo, Francés, anda a coquetear.

     Al abrir el freezer me encontré con dos viales de sangre. Pensé: quizás no salga más de aquí. Estaba borracho y el pensamiento me hizo sonreír. Era un hombre pobre y desesperado, pero también era un hombre libre y feliz. 

     Y esta sangre, le pregunté descuidadamente. No quería que Buffalo-Catherine pensara que yo me impresionaba con cualquier cosa. 

     Es del gobernador, me dijo. Un cerdo fascista republicano. Todavía no sé qué voy a hacer con ella.

     Primero pensé en algún chantaje. En círculos de la droga que llegaban hasta lo más alto. En Buffalo-Catherine como parte de una red anarquista empecinada en destruir el sistema. Pero después recordé lo que había dicho sobre ser una bruja. Me imaginé algún ritual demoníaco. Recordé a un amigo que creaba sigilos a partir de kameas cabalísticos, con los que decía poder leer el futuro. 

     Ah, claro, le dije yo, como si también guardara la sangre de mis enemigos en el freezer del refrigerador. 

     Al rato la casa se fue librando de los clientes de Buffalo-Catherine. Sam se llevó a Sam 2 y se metieron en su pieza. A esas alturas yo ya fantaseaba con vivir con ellas tres y ser el hombre de la casa. El que entretiene a los clientes mientras Buffalo-Catherine prepara los paquetes con las drogas. Ordenamos el living y nos fuimos a acostar. Tenía que estar en el aeropuerto en doce horas más y estaba a siete horas manejando.

     No puedo culear contigo, me dijo cuando estábamos metidos en la cama. Va a ser peor cuando te vayas. 

     La bruja me amaba de vuelta.

     Me acordé de esa frase que un Casanova entrado en años le avienta a una mujer cuarentona que dice haberlo visto en la corte. Yo tenía quince años y usted fue mi primer amor, le confiesa ella. Ya veo, le dice él, pensativo. Usted me conoció demasiado temprano y yo a usted vengo a conocerla demasiado tarde. 

     La frase en realidad no se correspondía con nuestra situación. Yo estaba fofo, como Mastroianni haciendo de Casanova, pero si bien ya no era joven, tampoco era del todo viejo. Y Buffalo-Catherine, más que una cortesana, era una bruja que guardaba sangre fascista en el refrigerador. Pero la pensé de todas maneras.

     Entiendo, le dije yo, simulando tristeza pero sonriendo por dentro. Nos quedamos en silencio, acostados en la cama mirándonos a los ojos, con las caras tan pegadas que se tocaban nuestras frentes. Yo sentía la mía sudada y podía olerle las axilas a Buffalo-Catherine. 

     Llegué al aeropuerto sin contratiempos y a la hora. Nunca había visto algo así. El aeropuerto estaba completamente vacío. Los bares y las tiendas estaban cerrados. Sólo alguna gente (los republicanos fascistas, sospeché) no llevaba máscaras encima. Me puse a escribirle una carta a Buffalo-Catherine que terminé en el avión con las siguientes frases, robando el modelo de Joe Brainard: 

     Recuerdo el olor de tus axilas. 

     Recuerdo a Sam mandándome a coquetear contigo en la cocina.

     Te recuerdo a ti, Buffalo-Catherine, reina de las arañas, mi bruja hermosa. 

     Así que estaba de vuelta en Chile. De vuelta a vivir con mis padres. No importaba, pensaba: alguna vez, alguien me amó en Buffalo. 

     Profesión, me preguntó el tipo de policía internacional.

     Dudé un segundo.

     Barman le quise decir, pero no lo hice. 

     Casi dije profesor, pero pensé que sonaría a poca cosa.  

     Me decidí por académico, pero a último momento sentí que no era del todo cierto.

     Ya sé, pensé: ¿y si digo traductor?

     Pero recordé que no había traducido nada que no me avergonzara.

     Así que le dije: Escritor.

     El tipo ni se inmutó. ¿Dirección?

     21 de febrero 2021