CONTRAPUNTOS XII

DESDE ESTA ORILLA, ESCRITURAS URGENTES

Editoras invitadas: Kadiri Vaquer Fernández y Ana Luengo

Kadiri Vaquer Fernández

 (Puerto Rico) es poeta, traductora y profesora de lengua, literatura y cultura en Monterey, California. Su primer poemario, Andamiaje, fue publicado por Ediciones Callejón (2012) y el segundo, Ritos de pasaje, por La Secta de los Perros (2019). Sus poemas han sido publicados en revistas y antologías como Arc Poetry, The Puerto Rico Review, 80 Grados, Cantera, Claridad, Furman 217, In My Secret Life, etc. Ha sido traducida al inglés, francés e italiano. Entre sus traducciones se encuentran la antología de literatura dominicana, Literary Works by 10 Dominican Women y el poemario All That Was Future de Iliana Pichardo Urrutia.

Ana Luengo

 

vive en una colina californiana desde la que lee, escribe y viaja. También es profesora de literatura, cultura y últimamente historia del arte en San Francisco State University. Ha publicado el cuento infantil Lucas tiene superpoderes, la novela Mi bien esquivo y el poemario Inconclusa sinestesia. También ha escrito un montón de estudios sobre la memoria histórica, los movimientos sociales, el anticolonialismo y los psicodélicos. Ahora está trabajando en su última novela, donde todo está conectado.

"EN LA URGENCIA HAY UN RECONOCIMIENTO de la fragilidad del tiempo, de la imposibilidad de hacerlo perdurar más allá de su natural caducidad. En esa temporalidad efímera hay desolación, pero también esperanza de que al cabo de ese intervalo puede que venga algo mejor, algo por lo que vale la pena esperar, luchar incluso. Cuando Ana y yo hablamos de abrir la convocatoria, cuyo resultado tienen entre manos, queríamos armar un archivo que documentara las formas en que sobrevivimos colectivamente la hostilidad de estos tiempos. Nos pre­guntábamos cómo estarían las personas gestionando una multiplicidad de crisis actuales y amenazas continuas, cómo estarían cultivando los afectos, la ternura, la comunidad, el arte, para hacer más habitable este espacio en el tiempo. También es cierto que había cierto fatalismo contundente detrás de esta iniciativa. Había una necesidad de dejar constancia de lo que parecía ser el colapso inminente de un sistema insostenible que se mantiene violentamente a cuesta de tantas."

Kadiri Vaquer Fernández

Image of Contrapuntos XII Book
DISPONIBLE: 2026.

SELECCIÓN DE TEXTOS

Como ella

but no one can hear

in the silence of waiting instruments

 

Mary Hawley

COMO LA QUE TIENE que aprender

a cargar las bolsas en la mano izquierda

para siempre caminar en vigilia

y llevar libre la diestra.

Como ella y la otra

sí, esa que nadie se imagina,

esa que se esconde

tras la sombra misma

para que su cuerpo

que solo es carne y cavernas 

se disminuya

desaparezca

                         huya

                                    o cese

con el fin de no inducir

el arrebato en aquel

—y en el otro

en el siguiente

que se proclamará dueño—

de no incitar la fiereza

y de algún modo resistir

su segura extinción

en mano de aquellas manos. 

con el fin de no inducir

el arrebato en aquel

—y en el otro

en el siguiente

que se proclamará dueño—

de no incitar la fiereza

y de algún modo resistir

su segura extinción

en mano de aquellas manos. 

Como todas las niñas

que no pueden serlo

que ya no lo son.   

Como la mujer

que se parece a mi abuela

que parió parió parió

y luego crio

hasta que sus sueños de música

se ensordecieron entre

eternos quehaceres

boca hecha de silencios

y alacena vacía.

Como ella

que no tiene un libro sagrado

que la ampare

ni un dios benévolo

que la proteja

—por los siglos de los siglos—.

Como aquella

que se ve en mí

para alivianar el peso

de su encierro

sin sospechar

—pues sería devastadora

la pesquisa—

que estas enormes alas

son de vidrio y él,

el poseedor de las piedras;

que mi libertad

está hecha de lápiz

y que mi élitro

nunca llegará a conocer

la investidura extensión,

que jamás seré cóndor

             ni ánsar

                        ni buitre.

Como la mujer que se lanza de la ventana

del sexto piso

metida en una bolsa de basura

para que quien posea la desdicha

de toparse con su cuerpo

no tenga que lidiar con los desechos.

Así.

30 de abril de 2025

Todas las moscas la

 

besaron

TODAS LAS MOSCAS LA BESARON, las lenguas de las moscas dibujaron teamos moribundos en las heces calcinadas de sus calles. Esta ciudad que parece inerte se despierta al alba con la luz en los ojos. La luz a media tarde. La luz en la noche. Su luz me persigue y no puedo sentarme a decir ¡heme aquí yo con el dolor que siempre me sobra! No puedo porque su luz me doblega y entra y toma mi escri¬torio, el pasillo, el gato y a mi vecino con el teléfono en la mano, nineoneone.

Yo extraño la vida, la aglomeración. La masa. Esos jovencitos empujando sus cuerpos a las dos de la tarde. La lírica del oficinista. Esa no libertad. Esa no soledad cuando camino las calles de madrid, méxico, la paz o nueva york. Un hombre me arrastra. Una mujer en el pasillo del supermercado me dice, ¡pinche asalariada! Y yo voy de golpe en golpe con la lluvia chorreando por mis nalgas. La clásica muchedumbre de la ignorancia. La naquez del vecino. La inmundicia del poderoso. La corrupción enterita. La ciudad mía tomada por mis diez dedos, embarrada como lodo en mi cuerpo, en mi sexo. La ciudad que sacude su presencia visible. A la que le digo no quiero verte. Toma tu odio, tu enfermedad, tus rabias, tus malditos virus encaramados en las narices y las bocas de tu gente que cada vez que hablan me escupen porque no tenemos espacio. Esa ciudad de latidos ardientes que me desconcentra de lo importante. Ese paisaje que es la inanición de sus perros.

Aquí, sin embargo, desprecio y bendigo a partes iguales la pulcritud, la perfección de sus calles. La sonrisa siempre amable del sureño. Las cabecitas como alfileres rumbo a la iglesia los domingos a repetir los mismos cantos marchitos. Debajo de la piedra hay un nuevo camino de insectos. Los niños esperan a una araña tejedora. La familia. El diospadrehijoyespíritusanto. La plegaria por los otros: aquellos infelices, escarabajos clandestinos.

¿Qué hago si extraño a los leprosos, la mierda, el hambre y las protestas? Los miedos se esconden en mugrientas periferias donde puedes morir a diez pesos el kilo de carne humana. A diez el litro de sangre. La carnicería. El olor de las vacas en los mercados; esa sensación de repugnancia y placer. La perversión de sus gentes. Sus pezuñas llenas de finos hilos negros y nuevamente la sensación de querer vomitar.

Aquí, la hipocresía de los bienaventurados, los lubricantes en los coños de las mujeres lindas. Blancas. Rosas. Los labios inflamados. La sonrisa retocada de la foto de la clínica del dentista: la administrativa perfecta y la asistente del doctor de ensueño. La luz impecable, esa misma luz de las postales navideñas con la familia completa y su clásico fondo azul. Peace and joy. Las mentiras y las perversiones de los puritanos. La ardilla. El racoon. La zarigüeya. El armadillo. No todo horizonte es el futuro y, sin embargo, los porsches, los aston martin, los ferrari. Volteo y ahí están. Ellos no me miran, no tienen por qué hacerlo. Y yo sé que las mismas moscas que me siguen los besan. Se sientan en sus caras. Imagino una escena donde la mierda fornica con el bello, el guapo, el perfecto. Luego borro esa escena de mi mente. Porque no quiero. Prefiero deleitarme con sus parajes. Su silencio mezquino. Sus mansiones. Su sonrisa de dos milímetros. Su belleza deforme. Su blanquitud. Su aburrimiento. Este desasosiego que siento. La asfixia constante del cemento.

Después los maldigo. Maldigo sus porsches, sus casas, su perfección, la producción de su belleza. Les sonrío y suplico: ¡no permitas, señor, la sodomía, las víctimas, las traiciones, bendíceles únicamente a ellos! Veo sus calles y digo: ¡aquí estoy, limpia, sonriente, con las axilas depiladas, dueña de mí misma. American dream, ¡yo sí te creo!

Pero luego aparece un hombre desnudo, se tambalea en la acera. Avanza sin tocar el sueño. Si se cae nadie vendrá por él. No garbage collection. El hombre me llama. Lo miro por el retrovisor y lo ignoro. Ven, me dice. Y me habla del tiempo y el odio. Es un odio mudo, pero no por eso inexistente, se camufla en las casas, se disuelve en el café, en las margaritas, en los cereales. Ven al mundo del odio. Me invita, pero yo no quiero entrar. Anuncia la falta de fe en estos tiempos. Yo no le creo. No confío en alguien que se tambalea entre dos aguas. ¡Cáete!, le digo. No veo. No quiero ver el dolor de su cuerpo. No veo el doblez de la hoja donde anoté: aquí también el hambre y el destierro. Aquí también la miseria y el dolor. ¡No!, mi linda niña, América mía, hay que callar a este loco. Voy a arrojarle piedras que son pájaros. Yo ansío la libertad —tú, enfermo miserable, no me la vas a quitar—. Vine por la niña rubia de vestidito azul y zapatitos finos y la encontré; mi América de los sueños, my sweet, innocent and righteous little girl.

La insuficiencia renal de los enfermos de diabetes. El color púrpura de sus muertos solitarios bebiendo whisky a las nueve de la noche. Los zombis sentados en las cafeterías. La transformación de las anatomías de los cuerpos. Las grasas putrefactas y asquerosas resbalando en las sillas de discapacitados de los supermercados. La lengua. Las arterias. Los vicios. Quise jugar a tu juego y salí preñada con un bastardo. Mezclé mi saliva con los jugos de tu sexo para decirte ¡oh omnipotente, poderoso! ¡Oh macho cabrío cógeme por la espalda, descarga tu ira en cada empuje! ¡Dame más, más, maldito cerdo rosa! Lubrica mi vagina prieta. Escurre tus hilos blancos, tu gloria because yours is the power and the glory. Quise quemar tu iglesia pero luego formé parte de tu culto. ¡Freeedom, freedom, freedom is this, don´t tell me anything else!

Me rendí ante la evidencia de la quietud de las calles de houston. La mansa servidumbre de mi gente ante los suyos. El orgasmo y los cantos de alabanza que no paran. Las traiciones de los míos. Los ví cogiendo unos a otros y salí asqueada. Veo a sus feos hijos bastardos. Yo soy una bastarda. Mi madre también se dejó coger por ellos. Y yo. Y mi marido, en cualquier acto de jotería. Nos cogieron por la espalda, de frente, como perros. Nos bebimos su semen con cada felación. Nos pintaron de azul, rojo y estrellitas. Y nos quedamos sonrientes con una sonrisa de imbéciles en la boca, alucinando sueños. Sueños húmedos de pan y vino.