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AMOR (IM)PERFECTO

by Pablo J. Rañales · September 26, 2026

HABLAR DEL AMOR sería algo sumamente tópico. Sin embargo, creo que recordar los tópicos está bien. Quien piense que este sentimiento es cuanto menos banal espero que sea condenado a una larga e insoportable cadena de infortunios. ¿Qué haríamos sin el amor? Ese amor tan precioso, bonito, que desgarra nuestras entrañas con toda su fuerza y nos impide continuar con nuestra mísera existencia. Ese sentimiento que puede llegar a rozar lo obsesivo y es capaz de trastornar a la persona más cuerda y estrangular al mayor de los inocentes. Todos somos víctimas del amor; es un asesino implacable. Se ha llevado lo que más he querido en este mundo y no ha dejado ni un solo vestigio de ello.

Siempre había tenido miedo. ¿Quería a mi mujer? Sí, claro. ¿Estaba enamorado de ella? No lo sabía. ¿Cómo te sientes al estar enamorado? ¿Cómo sabes que lo estás? Esas dudas me carcomían cada día como si yo fuera un trozo gigante de queso y ellas, ratoncitos que me devoraban poco a poco. Las únicas referencias que había tenido hasta ese momento eran las otorgadas por los libros.

Tenía un ritual vespertino. Todos los días, cuando los rayos del sol se volvían tímidos y sonrojados, iba a la biblioteca. Me reencontraba con los tomos que olían a recuerdos, a sueños y a historias. Era un lugar mágico, un mundo oscuro donde la luz apenas entraba para ser un rincón de lecturas diarias. Un páramo lleno de estanterías excesivamente cerca y que dejaban un minúsculo espacio ejerciendo de pasillos. En las paredes se podía contemplar un color rojo intenso de tal vivacidad que parecía lava a punto de caerse encima de las personas. Y libros y libros y más libros, aquí y allá, en vertical y en horizontal, creando una sensación completamente caótica. Además, había un constante ruido de máquinas de coser, digno martirio del infierno de Dante. De hecho, no sé por qué ese sitio recibía el honorable título de biblioteca. Pero allí estaba, con su arcaica vida sedentaria.

No todo el mundo soportaba la sensación de agobio que causaba la biblioteca. Realmente, solo dos personas acudíamos allí con total fidelidad. Nos encontrábamos siempre a la misma hora. Ella era una muchacha joven, de piel nívea y con un mar de trigo en cada uno de sus cabellos. Pasaba las hojas delicadamente, acariciándolas con las yemas de los dedos. No podríais imaginaros la ternura con la que trataba aquellos libros. No era para nada lo que se dice una virago. ¡Qué gracilidad digna de la reina de los cisnes!

Muchísimas veces la contemplaba embobado. Mi lectura pasaba a un segundo plano y ella se hacía dueña de toda mi atención. No fue hasta pasados varios meses cuando me atreví a hablarle. Una parte de mí era consciente de que me estaba dejando llevar por un impulso nuevo, que me abrumaba y que parecía llenar todo mi ser. Durante un breve lapso de tiempo (el que me llevaba llegar hasta ella) pensé en Dalia, mi esposa. No sabía por qué, pero su dulce imagen surgió de golpe en mi cabeza, impactando contra ella. Bum. Seguí adelante.

—Buenas tardes, señorita.

Ella giró la cabeza de una manera… extraña, casi mecánica. Esbozó una sonrisa y me saludó con su delicada mano.

—No he podido evitar fijarme en el libro que está leyendo. —continué.—Es una excelente obra, sin duda. Tiene un trasfondo interesante, con profundos toques de denuncia social. Yo se la recomiendo cien por cien.

La mujer de belleza inmarcesible se encogió de hombros y desvió sus orbes verdes hacia el libro que sostenía entre sus manos.

Temí que el más abominable silencio se adueñara de la conversación. No podía permitírmelo. Cada gesto que veía de su juvenil cuerpo me llenaba de gozo y hacía que un aluvión de vitalidad se gestase en mi vientre y ascendiera por mi cuerpo hasta salir por mis finos y tentadores labios.

—¡Qué descortés por mi parte! Puede llamarme Carlo. ¿Complacería usted mis ansias de saber su nombre?

Ella me penetró con la mirada durante un tiempo considerable. Después, empezó a boquear como un pececillo, sin emitir sonido alguno. Se llevó las manos a la garganta y su rostro se congestionó en una falsa mueca de terror al no poder hablar. Sin embargo, acabó sonriendo.

Entonces comprendí que el ángel de nieve que tenía delante era mudo.

 

***

 

Mis visitas a la biblioteca se fueron haciendo más frecuentes, al igual que mis insaciables ganas de sacar cualquier mínimo gesto a la muchacha del silencio. En una de las conversaciones que mantuvimos, decidí ponerle un nombre por mi propia cuenta, vista su reticencia a mostrarme el suyo: Amira.

El tiempo que le dedicaba a Amira trajo consecuencias. En mi casa, Dalia empezaba a sospechar cosas. Sus preguntas se lanzaban a mi yugular con fiereza, molestándome y haciéndome un daño insoportable. ¿Dónde estabas? ¿Por qué has tardado tanto? ¿Cuándo te vas a acostumbrar a avisarme de que vas a pasar tanto tiempo fuera de casa? Estaba preocupada, Carlo… Al principio, no tenían importancia. Después… después ya sí.

Pasaron los días y me percaté de que, durante el tiempo que estaba en mi propio hogar, Dalia no quitaba su angustiosa mirada de mis espaldas. Cuando leía tranquilamente, ella fingía limpiar el polvo. Realmente, me estaba vigilando. Me colocaba la gabardina y en seguida bajaba las escaleras y me preguntaba a dónde iba, si saldría durante mucho tiempo otra vez. Era ese otra vez lo que me martilleaba en la cabeza. Su voz empezó a resultarme hasta chillona.  Mi relación con Amira iba viento en popa y con Dalia caía estrepitosamente a un abismo de silencio y oscuridad, de odio y división.

Unos meses más tarde de mi primer contacto con Amira, se me presentó la ocasión de enseñarle mi casa. Así lo hice. No dudé en invitarla a pasar una agradable y tranquila tarde en ella, aprovechando que mi mujer estaría todo el día fuera. Supongo que en mis pensamientos superficiales no había ninguna palabra relacionada con infidelidad. Pero en mi inconsciente… Ahí creo que lo que más deseaba era acabar con los impedimentos que ponía Dalia a mi extraña y rocambolesca relación con Amira.

—Aquí está el excusado y al lado, la habitación de invitados. —abrí la puerta de la alcoba, mostrándosela a la grácil mujer que posaba, en ese instante, su delicada mano en mi hombro.

El amor salió de mi corazón y se extendió rápidamente por mi cuerpo. Siempre había deseado ser amado y amar, sentir algo tan fuerte como eso. Había llegado a estar obsesionado con lograrlo. Y por fin lo tenía.

La acompañé dentro de la lujosa estancia, decorada con suaves alfombras y elegantes cuadros, aterciopelados sillones y la sensación de encontrarse en algo cercano al Edén. Ambos nos sentamos en la cama, mirando a través de la ventana al inmenso jardín. Las hojas de los árboles caían avergonzadas y bailaban con el viento en el breve viaje que hacían antes de llegar hasta el suelo y quedarse allí, cual cadáver esperando descomponerse. Los rayos atravesaban la ventana y hacían un cuadrado en el suelo. Mi mano se deslizó hasta la de Amira, agarrándola con cuidado. Ella me miró a los ojos. Mi boca se aproximó a la suya, primero acariciando sus labios con los míos y después juntando ambas en un dulce beso. Quizá fue ese gesto el que hizo que no me percatara del ruido de la puerta al cerrarse. Quizá fueron los incesantes ladridos de nuestro perro, acompañados de la repentina y potente ráfaga de aire que atacaba los árboles. Ni Amira ni yo escuchamos los crujidos de la escalera al ser pisada por unos tacones; los dos seguimos deleitándonos en el olor y sabor del ajeno hasta que Dalia gritó, asustada y confundida.

—¡Carlo! ¿Qué estás haciendo? ¿Te has vuelto loco? ¿¡Este era tu secreto, maldito depravado!? —las palabras salían de su repugnante boca como si fueran cucarachas. Correteaban por el suelo y ascendían por mis piernas hasta colarse en mis oídos.

Me erguí. Amira no se inmutó. Simplemente, observó a Dalia con interés y curiosidad.

—Tranquila, Dalia. No es nada. Ella quería ver nuestra casa, y, en fin, la habitación de invitados le ha parecido preciosa. —poco a poco me iba aproximando a ella. Mis manos temblaban.

—Estás loco, Carlo. Estás completamente ido. ¿Cómo se te ocurre…? —su rostro se deformaba en profundas muecas de disgusto y desaprobación. Incluso en ese momento, si os dáis cuenta, no dejaba de hacer preguntas.

Preguntas, preguntas y más preguntas. Unas que no venían a cuento, otras estúpidas, algunas con intención de hacer daño. Qué angustia, qué suplicio eterno. Los huesos de mis manos se marcaron al hacer fuerza. Me abalancé sobre ella. Dalia, mi querida y asquerosa Dalia, había tenido una conducta execrable. Ahí iba su condena y su castigo. La que fue una dulce y tierna mujer pataleó y me arañó, enzarzándonos en una patética lucha dentro de la habitación. Ella se resistía y gritaba como un cerdo. Sus afiladas uñas pasaron por mi piel y por mis mejillas, haciéndome daño. La empujé con todas mis fuerzas. Su cuerpo atravesó la enorme vidriera de la alcoba, cayendo entre chillidos al suelo e impactando con un sonido seco y duro. Se había convertido en un amasijo de carne.

Me asomé desde la ventana rota. El perro olisqueaba el cuerpo sin vida de Dalia. Meneaba el rabo, contento de volver a verla. Solté un suspiro. Por lo menos sus preguntas no volverían a incordiar. En silencio, descendí al patio. Aparté al animal y agarré a Dalia, cargándomela al hombro y llenándome de sangre. Amira había contemplado la escena con una frialdad inhumana, rozando lo malévolo. Eso hizo morderme el labio inferior con fuerza. El reloj de la cordura en mi mente se había parado hacía tiempo. Tic, tac, tic, tac, y ya no más. Tomé una pala cerca del cobertizo de madera que había al lado de la casa y, con una profesionalidad inusitada y sorprendente, me acerqué al enorme roble que había en el jardín. Allí, a sus pies, empecé a cavar. Desde el segundo piso, la nueva dueña de mi corazón contemplaba la escena, impertérrita. No estaba haciendo la tumba únicamente para Dalia, también para el agobio y la tristeza. Ahí empezaba una nueva vida para mí, al lado de ella. Los vecinos pensarían que se habría ido con otro o algo así. Qué rápido podría rehacer mi vida con Amira.

No me di cuenta, hasta mucho más tarde, de que me había convertido en un verdadero monstruo.

 

***

 

Era Nochebuena, ya habían pasado meses del incidente. No había flechas señalando hacía mí y a nadie le extrañó que Dalia me abandonase. Me tomaban por un loco que se pasaba el día entero leyendo, sin asomarse a la realidad. Pero sí que estaba al corriente de todo lo que sucedía a mi alrededor. Nada se escapaba de mi aguda vista. Amira se trasladó a vivir conmigo. Pasaba las horas sentada en el mismo lugar, a menos de que yo la condujera a hacer algo. Trabajábamos en el jardín, disfrutábamos del silencio del hogar, le leía las apasionantes historias de amor que me habían llenado la cabeza de serrín y mariposas.

En tan bonita fecha, mi familia tenía la tradición de celebrar una enorme fiesta en el barrio. Las habitaciones de mi fortaleza se llenaban de elegantes caballeros y atractivas damas y la música del piano no dejaba de sonar hasta el amanecer. Todo el mundo bailaba y reía, se divertía, se conocía y, por una vez, dejaban de criticarse los unos a los otros para sonreír falsamente. A tempranas horas de la larga noche, acudían las grandes familias con la prole entera de niños. En ese justo instante me encontraba; atendía y saludaba cordialmente a cada uno de los padres y madres que se habían dignado a acudir a la cita. Ahí estaba el flamante Darío, con su insípida mujer, o el general Ewan, siempre con las chapitas pegadas al uniforme militar. Se dejaban llevar por el festivo ambiente, con las copas de champán en la mano y las onzas de chocolate deambulando de un lado a otro.

Fui a la cocina. Quizá por casualidad, quizá no, Amira había insistido en pasar aquella noche sentada en el jardín, contemplando los lejanos luceros. Empecé a preparar los tentempiés. Sin embargo, algo hizo que me detuviese. A través del cristal pude ver cómo tres niños, los hijos del estirado y antes mencionado Darío, toqueteaban a Amira con curiosidad y se reían danzando a su alrededor, dándole empujones. Ella tenía una expresión de horror y miedo. No lo pude permitir. Salí disparado por la puerta trasera, corriendo con el cuchillo en la mano como si en aquel instante estuvieran cometiendo un latrocinio delante de mis ojos.

—¡Eh! ¡Vosotros! ¡Dejadla en paz! —vociferé, enarbolando el arma blanca y llegando hasta ellos con los ojos inyectados en sangre. — ¡Quitáos de encima! —empujé a uno de ellos, que cayó al suelo y empezó a llorar. Otro, más adolescente, se burló de mí.

—¡Uuh! El loco Carlo viene a proteger a su muñequita. ¡Qué patético! ¡Papá tenía razón! ¡No eres más que una insulsa masa de carne pútrida, sin cerebro!

Una vena salió disparada de mi cuello. Solté el cuchillo y agarré al niño por la muñeca. Hice fuerza y retorcí y retorcí con una sonrisa protectora y de completa satisfacción. Su muñeca hizo crack y el adolescente cayó al suelo llorando y gritando como un condenado.

Los chillidos hicieron que Darío y los demás invitados volaran hasta nuestra ubicación. Todas las personas contemplaron la escena estupefactas, con unas caras que deambulaban de la consternación a la más pura diversión. El perro, que también se había acercado, empezó a escarbar justo debajo del roble, ladrando y meneando la colita. Sentía el corazón a punto de salir del pecho. Un sonido conocido volvió a mis oídos, como si un pollo acabara de impactar contra el suelo. Amira contemplaba lo que pasaba con la misma frialdad de siempre.  El perro acabó desenterrando mi secreto.

Emergió una mano llena de tierra. Dalia renacía para vengarse y castigarme. Después de la mano asomó su rostro. Los presentes se quedaron mudos. Solo veía repugnancia y sorpresa en sus caras. Ewan y Darío reaccionaron raudamente; me agarraron de los brazos. Me revolví, inútilmente. El sonido que había escuchado cuando Dalia moría se repetía una y otra vez. Bum, bum, bum, bum. Los dos caballeros me arrastraron por el propio jardín de mi casa. Pataleé, grité y maldije a toda persona que estuviera allí presente. Eché la vista atrás.

Ah, ahí me di cuenta de que había sido un poeta. Había perseguido algo utópico, me había obsesionado en conseguirlo. Yo mismo me había arrancado los ojos, ocultándome la verdad. Sentada en el banco de piedra cercano al roble no estaba Amira, con su nívea piel y su hermosura divina, sino un maniquí frío y asqueroso, manchado, con ropas de hacía mucho tiempo atrás.

 

 

Pablo J. Rañales es periodista con un máster en Comunicación en Medios Sociales y Creación de Contenidos Digitales por la Universidad de Vigo. Comenzó en el mundo editorial durante la adolescencia y a través de dos obras colectivas: La narrativa de suspense (2015) y Seis días para leer y mil noches para soñar (2016). Continuó con la publicación de su relato Amor imperfecto en la revista norteamericana Contrapuntos V, en 2017; impartió clases de escritura creativa en Ares, A Coruña, y obtuvo el 1.º Premio de Literatura Experimental (2020) de la Fundación Wenceslao Fernández Flórez.

En 2021 publicó su primera novela, Siervos de tinta, a la que siguió en 2023 la segunda, En la chepa del busero, ambas inscritas en un particular realismo mágico.

En junio de ese mismo año ganó la séptima edición del Premio Illa Nova de Narrativa, destinado a nuevas voces narrativas de la literatura gallega, con su obra Os afogados. En 2026 regresa con Espigas queimadas, su debut como narrador en el género de terror.

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